Lorenzo Carrasco

Rio de Janeiro, 16 de Agosto de 2020 – La crisis económica que provocó la pandemia del corona virus en Brasil, dejará, una vez que pase el punto más crítico, cerca de 20 millones de desempleados que por ahora se mantienen con la ayuda extraordinaria otorgada por el gobierno. Más allá de estos terribles datos, se libra dentro del gobierno una verdadera guerra, entre el súper ministro de economía y su equipo ultra liberal, Paulo Guedes, y el grupo de ministros vinculados a la economía real que trabajan en un proyecto de largo plazo para la generación inmediata de empleos mediante la ejecución de grandes obras de infraestructura distribuidas en el inmenso territorio brasileño. Con el nombre de “Pro-Brasil” este programa es visto como un “Plan Marshall” brasileño.

Es evidente que esta posibilidad, que sería un ejemplo para todo el continente iberoamericano, desató la histeria de los grandes grupos bancarios y financieros y sus voceros dentro de los principales periódicos nacionales. La razón es que un proyecto de esa magnitud echaría por tierra toda la ortodoxa doctrina liberal que durante los últimos 40 años ha diseminado el veneno de que el desarrollo solo se logrará si se hace a un lado a los estados nacionales y se entrega le entregan las riendas al mercado financiero. El resultado neto de esta galimatías es la creciente disparidad e injustica económica, por lo cual no existe ninguna credibilidad para continuar trillando ese camino.

El programa “Pro-Brasil” se anunció oficialmente el 22 de abril, por el Ministro de la Casa Civil, General de Ejército Walter Braga Neto, en medio de la protesta ostensiva del ministro de Economía, Paulo Guedes. A partir de ese momento se desató una guerra intestina al interior del gobierno lo que debilitó paulatinamente la posición del que hasta ese momento se consideraba el superministro y hombre fuerte del gobierno. Hoy apenas se sostiene ante la amenaza de que su salida llevaría a una corrida financiera contra Brasil y el supuesto de que una aumento sustancial de inversiones, rompiendo las barreras fiscales impuesta por ley, conduciría a un juicio de impedimento presidencial. Por lo pronto parte del equipo económico ya desertó del gobierno para regresar al lugar de donde salieron, las instituciones financiera privadas; lo que por otro lado pone de manifiesto que su función era ocupar posiciones claves dentro del gobierno para desarmar las estructuras del Estado nacional soberano.

En esta lucha intestina dentro del gobierno del presidente Jair Bolsonaro, es importante destacar el artículo del General Eduardo Villas Boas, ex comandante del Ejército y considerado uno de los mayores líderes militares de Brasil, publicado en el periódico O Estado de São Paulo el 10 de julio, titulado, “Carecemos de un proyecto nacional”.

“Somos un país con más de 200 millones de habitantes, cuya población contiene en si misma riquezas generadas desde 1500, derivadas del mestizaje en el que tres razas se mezclaron, cada una de ellas aportando características impares. La creatividad, la alegría de vivir, la tolerancia, la adaptabilidad, la resiliencia, la religiosidad, el sentido de familia, el patriotismo, en suma, esos y otros atributos son como una vasta producción de frutos, a espera de ser cosechados y puestos en la gran canasta de la nacionalidad brasileña”, afirmó. Y Agrega: “Este enorme cartel de singularidades vive sobre una base física que metafóricamente constituye un arca plena de riquezas, sobre las cuales estamos sentados, desconociendo su contenido y tampoco sabiendo cómo abrirla. ¿Que nos falta para que se produzca una movilización de la voluntad y de las capacidades en el sentido de utilizarlas soberanamente atendiendo prioritariamente las necesidades de nuestro pueblo?”

El artículo del general Villas Boas puso en la mesa la esencia del debate interno, porque definitivamente Brasil no tendrá las condiciones mínimas necesarias para enfrentar las tempestuosas calamidades post pandémicas, si se insiste en continuar las recetas financieras de las codiciosas manos escondidas de los mercados especulativos. Impera, en cambio, recuperar las capacidades productivas y de crédito soberano en favor del bien común.

Hasta ahora el rentismo improductivo se adhirió parasitariamente al sistema de crédito nacional transformando la deuda pública en el negocio más rentable en el país, dándole vida a un capitalismo sin riesgo. Por eso el servicio de la deuda devora anualmente entre 40 y 50 por ciento del presupuesto nacional y todo el resto queda subordinado a esa prioridad sacrosanta.

Este “sistema de la deuda” incluye la aberrante “Ley del Techo de Gastos”, aprobada en el gobierno del presidente Michael Temer, que no es otra cosa que una camisa de fuerza para castrar la inversión pública especialmente en infraestructura. El 27 de julio la editorial principal del diario O Estado de Sao Paulo, llegó al extremo de calificar este sistema de deuda, “el techo de gastos” como un “marco civilizador”. Este, “junto con la Ley de Responsabilidad Fiscal, estableció que el dinero público es finito y debe ser usado con parsimonia, después de un amplio y transparente debate dentro de la sociedad, por medio de sus representantes políticos, sobre las reales prioridades del país.” En el fondo el periódico aludido, uno de los principales heraldos del sistema financiero y bancario brasileño, contrasta su visión civilizadora a la expresada por el general Villas Boas.

En realidad, el mantenimiento de esos instrumentos de austeridad son los obstáculos para cualquier avance civilizador, sobre todo cuando las prioridades del país tienen que dar respuesta al desastre económico: una caída proyectada del PIB en torno del 10 por ciento; la pérdida de 7.8 millones de puestos de trabajo; más de la mitad de la población en edad de trabajar desocupada; 1.3 millones de empresas cerradas desde marzo, de las cuales 522 mil de forma definitiva, siendo 99 % pequeñas empresas con no más de 50 empleados; más de 40% de las familias dependientes de la ayuda gubernamental; la industria operando con una capacidad ociosa de 30%.

Ninguna regla algebraica se puede colocar por encima de esa realidad y mucho menos calificarla como un marco civilizador. Avance de la civilización significa una elevación constante de los niveles de vida de la sociedad, proporcionado por los progresos en la creación y asimilación del conocimiento de las leyes universales y sus aplicaciones físicas y tecnológicas, unidos a factores culturales, éticos y espirituales, característicos de cada pueblo. Una política comprometida con el bien común, debería permanentemente cuidar de la implementación de estas características. Parte sustancial de la profunda crisis mundial por lo menos en lo que toca al Occidente cristiano, es la pérdida del sentido de la política como una forma superior de caridad.

Dentro de esta concepción, el dinero debería ser apenas un medio de intercambio y su emisión una prerrogativa exclusiva del Estado soberano. La pérdida de esta prerrogativa a manos de fuentes privadas, vía los bancos centrales, fue lo que dio paso a la “financierización” paulatina de la economía desde la ruptura de los acuerdo de Bretton Woods en agosto de 1971 hasta nuestros días. Es ahí donde está la raíz toxica de toda la crisis presente, y que la pandemia expuso con nitidez.

Cambios inminentes

No obstante, el programa “Pro Brasil” continua siendo preparado para ser ejecutado en el momento post pandemia.

Razón por la cual los principales medios periodísticos del país al unísono mantienen el grito. Veamos un ejemplo: el periódico O Globo, tituló su edición del 2 de agosto: “Pandemia no justifica mover el techo de gastos” atacando “las presiones para usar la emergencia como pretexto y derrumbar los mecanismos de control que el Estado dispone sobre sus gastos”.

En la misma edición, el periódico dedica una página entera a atacar al grupo dentro del gobierno que defiende el aumento de inversiones públicas en infraestructura, entre los cuales se encuentran los ministros, General Walter Braga Neto de la Casa Civil; General Luiz Eduardo Ramos de la Secretaria de Gobierno, Tarcísio Gomes de Freitas ministro de Infraestructura y Rogério Marinho de Desarrollo Regional.

Haciendo un paralelo con la política recientemente adoptada por la Comunidad Europea, se puede decir que en Brasil estamos en la inminencia de un “Momento Hamilton”.

Una referencia a la ingeniosa política financiera con la cual el Secretario del Tesoro, Alexander Hamilton consolidó las convalidas finanzas de la naciente República Americana, al finales del siglo 18, convirtiendo las deudas contratadas por los estados y por el gobierno revolucionario, durante la Guerra de Independencia (1776-1783), en un instrumento de crédito para el fomento de las actividades productivas, con énfasis en la industria y la infraestructura. Vale recordar que, como lo observó el presidente Franklin D Roosevelt (1933-1945), una de las principales causas de la Guerra de Independencia fue la política restrictiva de crédito del Banco de Inglaterra que asfixiaba las perspectivas de progreso económico en las colonias norteamericanas de la Gran Bretaña.

La gravedad de la crisis económica en Brasil no deja otro camino que un “Momento Hamilton” nacional, una virtual nueva independencia, esta vez, liberarse de las políticas financieras que han prevalecido desde 1990, sin lo cual Brasil no tendrá un protagonismo como potencia soberana para participar de la reorganización de las estructuras de poder global, cambio indispensable para resolver los problemas mundiales que deja la pandemia.

Para el país esto significa una movilización de guerra total. Vencer la batalla también implica un aumento anual de 10 mil millones de dólares en el presupuesto militar, o sea una elevación de más de 30%, como fue declarado por el Ministro de la Defensa, General Fernando Azevedo e Silva.

Las ideas de importantes sectores empresariales para crear corona bonos compulsorios para financiera el desarrollo nacional se inscriben en este espíritu hamiltoniano (ver nota siguiente).

Y es la única respuesta posible a la pregunta del General Villas Boas: “¿Que nos falta para que se produzca una movilización de la voluntad y de las capacidades en el sentido de utilizarlas soberanamente atendiendo prioritariamente las necesidades de nuestro pueblo?”

Source: MSIa Informa, 14 de agosto de 2020

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